18 de agosto de 2021

Alimentos ¿orgánicos?

 


 

Un día de la semana pasada caminaba por las calles del centro de la ciudad en donde vivo, cuando un letrero llamó mi atención. Anunciaba en grandes letras rojas sobre un contrastante fondo amarillo que ahí se vendía “HUEVO ORGÁNICO”. Algunas cuadras más adelante otro local publicitaba, aunque en esta ocasión con letras y colores más discretos, la venta al público de “café orgánico”.

Me confieso un profundo desconocedor de las tendencias actuales en lo referente a los hábitos alimenticios saludables, pero no soy tan ignorante en cuanto a ortografía, gramática y semántica se refiere, y es por eso que la presencia de la palabra “orgánico” en ambos negocios llamó mi atención.

Recordé brevemente mis clases de química en la secundaria, cuando mi profesora nos hablaba con pasión sobre átomos, electrones de valencia y enlaces químicos. Entre esas maravillosas ponencias, nos contaba acerca de dos tipos de sustancias: orgánicas e inorgánicas. Habiendo pasado más de veinte años desde aquellas lecciones, lo único que recordaba como diferencia entre ambos conceptos era que el primero se refiere a componentes procedentes de seres vivos, mientras que el segundo es lo opuesto. De ahí la separación que se hace al desechar residuos.

Temiendo equivocarme, y con el fin de refrescar mis conocimientos sobre el tema y ampliarlos un poco, decidí investigar al respecto, definiendo investigar como echarle una ojeada rápida a la Wikipedia. A manera de resumen, lo que dice el artículo en cuestión:

  • Un compuesto orgánico es aquel que contiene carbono.
  • Forma enlaces carbono-carbono y carbono-hidrógeno.
  • Algunos compuestos del carbono no son moléculas orgánicas.
  • La etimología de la palabra determina que procede de órganos, relacionado entonces con la vida.
  • Se pueden clasificar, según su origen, en naturales y artificiales.

Entre los naturales encontramos:

  • Carbohidratos (glucosa, lactosa, almidón)
  • Lípidos (triglicéridos, esteroides)
  • Proteínas (colágeno)
  • Ácidos nucleicos (ADN, ARN)

Por otra parte, el artículo referente al huevo nos dice que son ricos en proteínas y lípidos, y ya vimos que ambos son compuestos orgánicos. En lo que al café respecta, la conocida enciclopedia contiene información acerca de que el café contiene (obviamente) cafeína. ¿Qué es la cafeína? Un alcaloide. ¿Qué son los alcaloides? Compuestos sintetizados a partir… ¡un puñetero tipo de compuestos orgánicos!

¡TODOS LOS ALIMENTOS SON ORGÁNICOS! Por favor, a quienes se dedican a la venta o consumo de alimentos saludables cultivados sin el uso de pesticidas o fertilizantes artificiales, dejen de colgarle la etiqueta de “orgánico”, porque sinceramente solo dan pena ajena.

10 de agosto de 2021

Friends: El de la reunión.

 


La semana pasada me di oportunidad de ver el especial de Friends. Me fascinó. Como fanático asiduo de la serie, considero que no quedó a deber. Bueno, acaso una presentación en vivo de The Rembrandts interpretando I’ll Be There For You habría sido un buen detalle, pero no fue indispensable. La melancolía de los seis actores principales al estar reunidos en los foros diecisiete años después era palpable y se transmitía a través de la pantalla. Los invitados, tanto los que formaron parte de la comedia (Maggie Wheeler, Reese Witherspoon, Larry Hankin) como los que no (Lady Gaga, Kit Harington, Malala Yousafzai), contribuyeron en justa medida a definir el contexto y la trascendencia de la serie.

Especial impacto me causó ver a Matthew Perry. He leído que durante el rodaje de Friends sufrió de enfermedades causadas por el abuso del alcohol y de otras sustancias, y me parece que las secuelas de estos problemas son palpables en su apariencia. Siendo Chandler Bing mi personaje favorito, percibir que el actor que le dio vida ha perdido la chispa resulta, cuando menos, triste. Sin embargo, ver el abrazo entre él y Matt LeBlanc, como si se tratara de Chandler y Joey, ayuda a contrarrestar un poco esa amarga sensación.

Para mí Friends fue más que una serie. Se trató de una subcultura, de un ritual que semana con semana los televidentes llevábamos a cabo durante media hora. Soy parte de esa generación que ha visto las diez temporadas más de cinco veces, que conoce los diálogos, que utiliza la serie como referencia en la vida cotidiana, con frases del tipo “como cuando en Friends Ross dice que…”. Lloré de alegría y emoción cuando Chandler y Monica se comprometen en matrimonio, sufrí cuando no sabía si Rachel se había bajado del avión, reí a carcajadas cuando el papá de Rachel y Mona se juntan en el departamento de Ross, me emocioné con el nacimiento de los trillizos de Frank Jr., sé lo que es el Unagi, conozco la letra de Smelly Cat, y sé cómo insultar a alguien con las manos sin mostrarle el dedo medio, y es por eso que esperaba con ansia ver este capítulo especial, la reunión, después de diecisiete años de la emisión del capítulo final. Valió la pena.

En algún punto del programa James Corden pregunta a Lisa Kudrow si no ha pensado en hacer una película como continuación de la trama, y ella responde que no, porque los productores acabaron cada historia de una manera muy elegante, y tendrían que explicar muchos detalles para hacer una continuación. Desde mi punto de vista, tiene razón. Las vidas de todos los personajes acabaron en el punto exacto, dejándonos a los televidentes el ejercicio de imaginar qué ha pasado con ellos hasta el día de hoy.

Así como le sucedió a Rachel con Ross cuando lo vio llegar a Nueva York con Jullie, este episodio me dio el closure que necesitaba. Es el final perfecto y me ayudó a aceptar que Friends ya terminó y no estará nunca más de regreso. Es tiempo de avanzar y expandir la vista hacia otras comedias. De cualquier modo, pase lo que pase, sé que Friends siempre ocupará el número uno en mis series favoritas, y es inamovible.

15 de julio de 2021

El derecho a ser pendejos

 Bien decía Carl Sagan en una de sus muchas frases célebres:


 

Y no le falta razón. Ahora que el tema de las vacunas está en boga en todo el mundo, no pude evitar pensar en aquellas personas que se rehúsan a recibir su inmunización por temor a que sea una forma que el gobierno tiene de controlarlas, o de que realmente les estén inyectando otro tipo de enfermedad para luchar contra la sobrepoblación, o cualquiera sea la razón.

La democracia nos otorga obligaciones y derechos, y entre esos derechos se encuentra el que tenemos a ser pendejos. No me malentiendan, está muy bien gozar de libertades y de todas las ventajas que la democracia ofrece comparada con otras formas de gobierno, pero en situaciones como esta, que es un tema de salud pública, la pendejez de unos cuantos termina por afectarnos a todos. Sí, yo puedo ir a vacunarme contra el SARS-COV-2 muy feliz de la vida, pero para que esta pesadilla termine, la OMS estima que será necesario que al menos el 80% de la población mundial obtenga también la vacuna. Es decir, entre más, mejor. Si tú no te vacunas, por la razón que sea, estás contribuyendo activamente a prolongar esta pandemia que tantos daños ha causado tanto en el aspecto de salud como en el económico. Todo porque es una cuestión voluntaria. Si la quieres, aquí está. Si no la quieres, no te preocupes.

¿Será acaso que un sistema autoritario, en donde no hubiera opción y todos tuviéramos que vacunarnos de manera obligatoria resultaría en un beneficio en aspectos de salubridad?

¿Necesitamos que alguien no solo nos diga qué hacer, sino que nos obligue a hacerlo para obtener un beneficio común? ¿Significa eso que, a pesar de vanagloriarnos de ser la especie más inteligente sobre la faz del planeta, somos tan imbéciles y no sabemos distinguir cuál es la opción que más nos conviene?

Y lo de las vacunas es solo un ejemplo entre muchos. También está lo de:

  • Creer que la Tierra es plana.
  • Estar convencido de que el ser humano nunca llegó a la Luna.
  • Pensar que las antenas 5G transmiten enfermedades.
  • Pedir que tomen la temperatura corporal en las manos o el cuello, porque los termómetros infrarrojos “dañan las neuronas” (si crees esto, de antemano ya no te quedan muchas).

Cada uno de estos pensamientos se traduce en un gasto que alguien (generalmente los gobiernos) tiene que hacer para detener obras, hacer campañas informativas, cambiar protocolos o frenar tecnologías, lo que resulta en un atraso cuyas consecuencias son difíciles de calcular.

Suena tan tonto que alguien tenga que venir y decirnos “debes hacer esto de manera obligatoria porque es lo mejor para ti”. Caray, qué pena ajena de nosotros deben sentir los extraterrestres.