8 de enero de 2026

Back to Black: cuando se elige la seguridad sobre lo desconocido.

Hay canciones que no solo se escuchan: se habitan. Back to Black (2007) de Amy Winehouse es una de ellas. Lejos de la típica balada de despecho, la canción se instala en un territorio más incómodo y honesto: el momento exacto en que comprendemos que el otro no nos dejó por falta de amor, sino por exceso de miedo. Amy no grita, no suplica, no reclama, se limita a dejar constancia de su dolor. Y es en esa frialdad resignada donde reside su brutalidad.

Que Back to Black esté en Re menor no es un accidente: es una declaración estética y emocional. Tradicionalmente asociado al duelo, la solemnidad y la tragedia (Mozart y su Requiem no están lejos), el modo menor aquí no busca dramatismo operístico, sino una tristeza contenida, casi digna.

La progresión armónica es simple, reiterativa, casi obsesiva. No hay grandes modulaciones ni giros sorpresivos, porque el dolor que describe la canción tampoco los tiene: es un dolor que ya aceptó su destino. La armonía no lucha contra la pérdida; la acompaña.

Re menor funciona aquí como un espacio cerrado: no hay salida emocional, solo regreso. Regreso a la oscuridad. Regreso a uno mismo.

El tempo medio-lento, con influencias claras del soul clásico y el R&B sesentero, genera una sensación curiosa: la canción avanza, pero emocionalmente permanece estancada. Exactamente como el duelo amoroso.

No es una canción para llorar a gritos ni para bailar la pena fuera del cuerpo. Es una obra para caminar de noche, pensando demasiado. El groove es sobrio, casi fúnebre, y refuerza la idea central: cuando alguien se va “de regreso a lo conocido”, no hay persecución posible. Solo aceptación.

You went back to what you knew
So far removed from all that we went through

Aquí está el corazón del tema. Y lo más devastador es que no hay acusación directa. Amy no dice "you chose her over me." Dice algo mucho más doloroso: volviste a lo que conocías. A lo seguro. A lo socialmente legible. A lo que no exige valentía.

Ese “so far removed” es casi quirúrgico. No es solo distancia física, sino una desconexión emocional. Lo que se vivió queda relegado a una categoría inferior, prácticamente irrelevante, frente a la estabilidad que ofrece “lo normal.”

Esta frase resuena especialmente cuando una relación fue intensa, auténtica, transformadora… pero no suficientemente cómoda para la otra persona. Cuando el amor fue real, pero no práctico.

El “black” del título no es solo depresión. Es retirada. Es cerrar la puerta, apagar la luz y dejar de ofrecer explicaciones. Amy no intenta convencer a nadie de que se quedó; simplemente regresa a sí misma, aunque ese “sí misma” esté rota.

Y aquí está lo más elegante del tema: Back to Black no busca redención ni revancha. Es una canción sobre perder con dignidad, entender que algunas personas prefieren una vida menos verdadera, pero más habitable.

La pieza duele porque valida una experiencia que muchas veces se invalida desde fuera: la de un amor que fue profundo aunque no haya sido elegido. La canción no intenta competir con la seguridad ni con lo establecido. Simplemente afirma "esto que vivimos existió." Y a veces, para quien se queda, eso es lo único que puede salvarse.

Amy Winehouse no canta para que su amor vuelva. Canta para no engañarse. Y en eso, pocas canciones han sido tan brutalmente honestas.

18 de diciembre de 2025

smART. Cuando la lógica coquetea con el arte.

Hay una idea muy arraigada, y profundamente equivocada, de que el mundo se divide en dos grandes bandos: por un lado, las personas “cuadradas”, lógicas, científicas, amantes de los números y los datos; y por el otro, las almas sensibles, emocionales, creativas, destinadas al arte, la música o la actuación. Como si el cerebro tuviera un interruptor que obliga a elegir entre razón o emoción, entre ecuaciones o canciones.

Sin embargo, la realidad siempre es más elegante que los estereotipos, y nos demuestra una y otra vez que esa frontera es artificial. Hay personas que habitan ambos mundos con una naturalidad casi insultante. Gente capaz de escribir una canción que te rompe el corazón y al mismo tiempo defender una tesis doctoral con rigor académico.

Esas figuras encarnan la unión perfecta entre lo científico y lo artístico. No como rarezas ni excepciones extravagantes, sino como prueba viviente de que la creatividad y el pensamiento lógico no solo pueden coexistir, sino alimentarse mutuamente.

Dexter Holland: punk, biología molecular y VIH.

Cuando piensas en un vocalista de punk rock, probablemente no imaginas a alguien pasando noches enteras en un laboratorio. Y sin embargo, Dexter Holland, líder de The Offspring, lo hizo. Mientras gritaba himnos generacionales como Self Esteem o The Kids Aren’t Alright, Dexter también cursaba estudios avanzados en ciencias.

En 2017 obtuvo un doctorado en biología molecular, con una tesis centrada en el VIH. No es solo un título honorífico ni una anécdota para las entrevistas: es ciencia dura, metodología, hipótesis y revisión por pares. El mismo cerebro que compuso canciones llenas de rabia adolescente fue capaz de analizar procesos microscópicos con precisión quirúrgica.

Brian May: entre su guitarra y las estrellas.

El icónico guitarrista de Queen es otro ejemplo sobresaliente de esta dualidad. Antes de convertirse en leyenda del rock, ya estudiaba astrofísica, pero la vida, los escenarios y Freddie Mercury se interpusieron en el camino. Sin embargo, no le borraron la vocación.

Décadas después, Brian regresó a la universidad y terminó su doctorado en astrofísica, investigando el polvo zodiacal del Sistema Solar. Es difícil decidir qué es más poético: el solo de Bohemian Rhapsody o su estudio sobre partículas cósmicas suspendidas en el espacio.

Natalie Portman: Hollywood con cerebro de Harvard

Desde muy joven, Natalie Portman dejó claro que no quería ser solo una cara bonita. Mientras protagonizaba películas de alto perfil, estudiaba Psicología en Harvard, una de las instituciones más exigentes del mundo.

Participó en investigaciones científicas y publicaciones académicas. En entrevistas ha contado cómo prefería ser vista como “rara” antes que renunciar a su formación intelectual.

Su carrera demuestra que la sensibilidad artística y la capacidad de encarnar emociones complejas, se enriquecen cuando están acompañadas de una comprensión profunda de la mente humana.

Mayim Bialik: actuar con el cerebro motivado.

Para muchas personas, Mayim Bialik siempre será Amy Farrah Fowler en The Big Bang Theory. Lo irónico es que, a diferencia de la mayoría del elenco, ella no estaba actuando cuando hablaba de ciencia.

Mayim es doctora en neurociencia, con una tesis centrada en trastornos del desarrollo neurológico. Mientras actuaba en una de las series más populares del planeta, también entendía de primera mano cómo funciona el cerebro, cómo se construye la identidad y cómo se experimentan las emociones.

Su caso es fascinante porque une dos mundos que parecen opuestos: la actuación, que exige intuición, empatía y sensibilidad extrema; y la neurociencia, que analiza esos mismos procesos con rigor, datos y modelos. En su caso, comprender el cerebro no apagó la emoción: la hizo más precisa.

Hedy Lamarr: belleza, ingenio y Wi‑Fi.

Mucho antes de que se hablara de "mujeres en STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas)", Hedy Lamarr ya estaba rompiendo moldes. Fue una de las actrices más famosas de Hollywood en los años cuarenta, celebrada por su belleza casi mítica. Pero mientras el mundo la miraba en las pantallas, ella desarrollaba tecnología en los laboratorios.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Hedy coinventó un sistema de salto de frecuencia para evitar que las señales de radio fueran interceptadas. Esa tecnología, ignorada durante años, es hoy uno de los principios básicos detrás del Wi‑Fi, el Bluetooth y las comunicaciones modernas.

Su historia es casi trágica: el mundo estaba demasiado ocupado deseándola como para tomarse en serio su mente. Y sin embargo, ahí está la prueba de que la imaginación técnica y la creatividad artística pueden habitar el mismo cuerpo.

Existe la idea de que pensar es frío, distante y carente de emoción. Que sentir es cálido y humano, y razonar es mecánico. Pero cualquiera que haya resuelto un problema complejo, entendido una idea difícil o visto encajar todas las piezas sabe que eso no es cierto.

Pensar puede provocar una forma muy particular de placer: el de la comprensión. Ese instante en el que algo hace clic. El arte y la ciencia comparten justamente eso: el gozo de descubrir, de intuir un patrón, de sentir que el mundo se vuelve un poco más legible.

Al final, tanto la ciencia como el arte buscan responder a las mismas preguntas fundamentales: ¿cómo funciona el mundo?, ¿qué somos?, ¿qué sentimos?, ¿por qué estamos aquí?

La ciencia intenta responderlas con modelos, experimentos y datos. El arte lo hace con metáforas, sonidos, imágenes y emociones. Pero la curiosidad que las impulsa es exactamente la misma.

Quizá por eso estas personas brillan tanto: porque no aceptaron la falsa dicotomía. Porque entendieron que el cerebro humano no está dividido en compartimentos estancos, sino que es un sistema complejo, creativo y profundamente integrador.

Tal vez no se trata de elegir entre ser lógico o sensible. Quizás el verdadero lujo y la verdadera rebeldía sea permitirse ser ambas cosas a la vez.

28 de octubre de 2021

La banda Sangre y su cambio de luces.

 


 

Por alguna extraña razón, el día de hoy mi cerebro me concedió acceso a una sección específica de mis registros de memoria, misma que había caído en el olvido hace ya bastante tiempo. Dichos recuerdos desbloqueados tienen que ver con un bulo que se volvió popular por ahí del año 2005, y se trataba de una supuesta pandilla de nombre Sangre que tenía un rito de iniciación impactante. Supuestamente, los candidatos a ingresar a esa mafia debían pasar una prueba consistente en circular de noche con los faros del auto apagados y esperar a que algún automovilista responsable les hiciera el cambio de luces, advirtiéndoles de esta condición. Entonces ellos darían la vuelta para alcanzar a este buen samaritano, lo bajarían del vehículo y lo asesinarían, para después huir. Solo tras esta prueba serían admitidos en la organización Sangre.

Esta historia comenzó haciéndose eco a través del correo electrónico en forma de cadena, y alcanzó tanta popularidad que incluso una nota al respecto fue emitida en el noticiero con mayor índice de audiencia en el país. Pese a que ya llevaba unos años circulando en una versión muy parecida en los Estados Unidos, la mayor parte de las personas creían firmemente en la veracidad de esta historia, y no faltó el listillo que aprovechara la paranoia para circular sin luces en la noche y ver quién se atrevía a hacerle la señal de que las encendiera, alimentando la histeria colectiva.

El año 2005 parece ya muy lejano y me causó un poco de nostalgia recordar cómo eran las cosas en aquella época. No estoy seguro de la existencia de Facebook, pero, si es que ya había, no era utilizado por mucha gente. Era el auge del acaecido MSN Messenger que, con el plug-in Messenger Plus, permitía personalizar el nickname añadiendo colores y otras amenidades. Cualquier cosa interesante que querías que tus amigos vieran, la mandabas mediante correo electrónico, incluidas las cadenas como esta de la banda Sangre. La palabra meme no se utilizaba tampoco. Había también algunas plantillas en Excel en las que se añadían formatos condicionales y tenías, por ejemplo, que poner el nombre de la caricatura, o la estación del metro, o el platillo, o lo que sea que hubiera en la imagen, hasta tenerlas todas correctas.

Vaya, sí que ha pasado rápido el tiempo. Ahora solo nos resta ver cómo serán las cosas dentro de otros dieciséis años.

19 de octubre de 2021

El Marciano - Andy Weir

 


Esta obra es de esas que se han quedado tan posicionadas dentro de mis favoritas, que la releo cada que tengo oportunidad, aunque la pila de libros pendientes siga creciendo mes con mes. Y es que es simplemente magnífica. Excelsa. Resulta, además de entretenida por la propia historia principal, muy precisa en todos los aspectos técnicos de los que habla. Se nota el conocimiento de causa por parte del autor en varios temas de naturaleza ingenieril.

Pero, ¿de qué va esta novela? La premisa es sencila: un hombre se queda abandonado en Marte y debe sobrevivir con lo que tiene a la mano hasta que pueda ser rescatado. Mark Wantney es el nombre del protagonista y vemos la mayor parte de la historia desde su punto de vista. A manera de escribir un diario para que quede registro de sus vivencias por si acaso no sobrevive, nos va platicando por qué está varado en nuestro mundo vecino. Él era parte de la tripulación de la misión Ares 3 en el paneta rojo. Apenas seis días después de comenzada la operación, que tendría una duración prevista de treinta, los tripulantes se ven forzados a abortarla y volver a la Tierra a causa de una fuerte tormenta de arena que amenaza con destruir los instrumentos de comunicación así como la nave que los sacará de Marte. Watney es herido por una antena y queda inconsciente, pero sus colegas piensan que está muerto y, a su pesar, lo dejan abandonado en ese solitario y agreste lugar.

Unas horas después de la tormenta él despierta y se da cuenta de lo sucedido, analizando y dejando registro de por qué sigue vivo a pesar de sus heridas. Hace un inventario de los recursos con los que cuenta y los que necesita para mantenerse vivo el mayor tiempo posible. Un enorme problema es que, tanto abordo de la nave en la que sus compañeros viajan hacia la Tierra como en la propia Tierra todos piensan que está muerto, pues ese es el informe oficial. Botánico de profesión, lo primero que se plantea es acondicionar algo de la superficie del planeta como lugar de cultivo, aprovechando que llevaba unas papas para estudiar el crecimiento bajo las condiciones extremas de ese lugar. Otro problema que debe enfrentar es que cuenta solo con escasas reservas de agua, así que idea un plan para extraer el vital líquido del combustible para cohete que tiene a su alcance. La posible solución pone en riesgo su vida, pero ya está en riesgo de cualquier manera.

Con el afán de comunicarse con la Tierra, se plantea trasladarse hacia el remoto sitio en donde la sonda Pathfinder perdió su contacto con el centro de control de su misión, para recuperar la antena y tratar de dar señales de que sigue vivo. Esta y otras peripecias son parte del día a día o, mejor dicho, sol a sol (un día marciano recibe el nombre de sol) de Watney, mientras en paralelo el narrador omnisciente nos da cuenta de cómo marchan las cosas para rescatar a cosmonauta abandonado en ese lejano lugar. Dicho plan incluye una colaboración de la NASA con la Agencia Espacial China, algo que, de momento, sí es digno de ciencia ficción.

Este libro tiene un 10/10 en mi colección, altamente recomendable.



7 de octubre de 2021

El Juego del Calamar

 


 

A raíz de todo el hype creado por la serie de Netflix que lleva por título El Juego del Calamar, misma de la que han salido una enorme cantidad de memes de todo tipo, reflexionaba acerca de cómo ha cambiado el mundo de la publicidad en los medios, y cómo los nuevos productos se valen cada vez menos de las tradicionales técnicas para alcanzar los objetivos de sus campañas. Confieso que no he visto la mencionada serie, pero me doy una idea genérica de la trama a partir de los comentarios de allegados míos quienes sí la han visto.

La semana pasada El Juego del Calamar estuvo en boca de todos. Parece ser que ya es, o está cerca de ser, la serie más vista en la plataforma de contenido digital… y no he visto ni un solo anuncio al respecto. Anteriormente, si querías que un producto, un servicio o un espectáculo alcanzara grandes índices de audiencia, había que invertir considerables cantidades de dinero en materia de publicidad: spots en televisión y radio, anuncios espectaculares, páginas completas en revistas y diarios, entrevistas con los protagonistas en los noticieros o los programas de más audiencia, y cosas similares.

Hoy, la estrategia parece haber mutado hacia los memes. ¿Cuánto cuesta hacer un meme? El costo es prácticamente nulo, pues muchas veces son los mismos espectadores quienes se encargan tanto de diseñarlos como de hacerlos virales. Insisto, yo no he visto ninguna muestra oficial de publicidad por parte de Netflix para El Juego del Calamar, pero por todas las redes sociales se veían memes haciendo referencia a la serie, creando la duda de ¿realmente estará tan buena? E invitando a verla para cerciorarte por ti mismo, para después entenderle más a los memes, compartir los que te parecían más graciosos, y haciendo crecer la bola de nieve alcanzando cada vez a más gente y creando ese conocido efecto viral.

Grandes cambios son los que estamos viviendo.

2 de septiembre de 2021

Lenguaje inclusivo

 

Creo que llego un poco tarde para abordar este tema, pero no había tenido la oportunidad de expresar mi opinión acerca del “lenguaje inclusivo”. Lo diré sin dilación ni rodeos: me parece una tontería. Somos todos o todas, pero no todes. Somos nosotros o nosotras, pero no nosotres. Somos amigos o amigas, pero no amigues.

Han pasado ya algunos días desde que una chica (sí, la llamaré con pronombres femeninos) que se hace llamar Andra Escamilla revivió un debate que ya lleva algunos años asomándose por las redes sociales, y en el que incluso la RAE ha expresado su opinión en más de una ocasión. Aprovechando el nuevo auge generado a raíz del incidente en el que Andra solicita que se refieran a ella como compañere, me he puesto a leer distintos comentarios que parecen dividir la opinión pública en dos.

El primer grupo, que apoya a Andra, sostiene que ella tiene todo el derecho a solicitar que se le llame como ella desea. También argumentan que todas las personas estamos en nuestra libertad de identificarnos con un género, con otro, con ambos, o con ninguno. El segundo bando parece enfocarse en el idioma y en las reglas lingüísticas, aduciendo que les parece una aberración que las personas de género “no-binario” se inventen pronombres y palabras que, al menos hasta hoy, no existen oficialmente en nuestro idioma.

Comenzaré mi argumentación dirigiéndome a este segundo grupo de personas. Y debo decir que pocas veces en mi vida había visto tanta hipocresía. Hoy se presentan como arduos defensores de la letra, la gramática y la sintaxis, pero en sus escritos ponen “haber” cuando quieren decir “a ver”. Se comen letras, evitan el uso de la “q” y la “u” sustituyendo estas dos por “k”. Omiten el uso de signos de interrogación. Cuando una persona busca corregir su ortografía o gramática suelen responder con frases del tipo

-Bueno, pero me entendiste, ¿no?

Y se niegan a modificar lo que está mal escrito. Además de todo esto, usan anglicismos innecesarios, como gym, influencer, online, outfit, stalker, streaming, entre otros. Pero resulta que son protectores incansables del español.

Con los que están a favor de lo inclusivo coincido en que un lenguaje no es estático, sino que evoluciona a través del tiempo y de las generaciones. Nosotros hoy en día utilizamos palabras que en la época de nuestros padres o abuelos no existían. Es también un excelente argumento el que dice que la RAE no dicta las reglas del español. Más bien las agrupa, las ordena y las publica, pero somos los hispanohablantes quienes dotamos de sentido o de significado a un vocablo. La existencia del español es la que justifica y da sentido a la existencia de la RAE, no al revés. El idioma llegó al mundo antes que la Real Academia Española.

No me opongo a la invención ni uso de nuevas palabras. Yo en mi juventud (y todavía) usaba muchísimo las palabras “chido” y “chale”, por ejemplo. Aún utilizo “wey” para referirme a mis camaradas o para señalar a un desconocido. La diferencia es que yo no iba por la vida exigiendo a los que no gustaban de utilizar dichos términos que lo hicieran porque a mí me parecían apropiados para expresar mis ideas. Entre mis amigos o personas de mi rango de edad usábamos esas expresiones con regularidad y las entendíamos, pero sin ponernos a llorar cuando alguien no las utilizaba. Y esa sería mi recomendación para los autodenominados “no-binarios”. Quieren expresarse utilizando palabras como todes, nosotres, amigues, elle, le…, ¡adelante! Ciertamente están en todo su derecho. Si se entienden entre ustedes y son capaces de expresar sus ideas de una manera clara y congruente, no veo cuál es la objeción. Pero no traten de imponer ese léxico a quienes no queremos adoptarlo. Y sean pacientes. Es probable que eventualmente, si se populariza el uso de ese vocabulario entre las generaciones más recientes, la RAE acabe por incluirlos como parte del glosario de los hispanohablantes, como ya ha hecho con algunas palabras que en su momento no eran reconocidas.