2 de septiembre de 2021

Lenguaje inclusivo

 

Creo que llego un poco tarde para abordar este tema, pero no había tenido la oportunidad de expresar mi opinión acerca del “lenguaje inclusivo”. Lo diré sin dilación ni rodeos: me parece una tontería. Somos todos o todas, pero no todes. Somos nosotros o nosotras, pero no nosotres. Somos amigos o amigas, pero no amigues.

Han pasado ya algunos días desde que una chica (sí, la llamaré con pronombres femeninos) que se hace llamar Andra Escamilla revivió un debate que ya lleva algunos años asomándose por las redes sociales, y en el que incluso la RAE ha expresado su opinión en más de una ocasión. Aprovechando el nuevo auge generado a raíz del incidente en el que Andra solicita que se refieran a ella como compañere, me he puesto a leer distintos comentarios que parecen dividir la opinión pública en dos.

El primer grupo, que apoya a Andra, sostiene que ella tiene todo el derecho a solicitar que se le llame como ella desea. También argumentan que todas las personas estamos en nuestra libertad de identificarnos con un género, con otro, con ambos, o con ninguno. El segundo bando parece enfocarse en el idioma y en las reglas lingüísticas, aduciendo que les parece una aberración que las personas de género “no-binario” se inventen pronombres y palabras que, al menos hasta hoy, no existen oficialmente en nuestro idioma.

Comenzaré mi argumentación dirigiéndome a este segundo grupo de personas. Y debo decir que pocas veces en mi vida había visto tanta hipocresía. Hoy se presentan como arduos defensores de la letra, la gramática y la sintaxis, pero en sus escritos ponen “haber” cuando quieren decir “a ver”. Se comen letras, evitan el uso de la “q” y la “u” sustituyendo estas dos por “k”. Omiten el uso de signos de interrogación. Cuando una persona busca corregir su ortografía o gramática suelen responder con frases del tipo

-Bueno, pero me entendiste, ¿no?

Y se niegan a modificar lo que está mal escrito. Además de todo esto, usan anglicismos innecesarios, como gym, influencer, online, outfit, stalker, streaming, entre otros. Pero resulta que son protectores incansables del español.

Con los que están a favor de lo inclusivo coincido en que un lenguaje no es estático, sino que evoluciona a través del tiempo y de las generaciones. Nosotros hoy en día utilizamos palabras que en la época de nuestros padres o abuelos no existían. Es también un excelente argumento el que dice que la RAE no dicta las reglas del español. Más bien las agrupa, las ordena y las publica, pero somos los hispanohablantes quienes dotamos de sentido o de significado a un vocablo. La existencia del español es la que justifica y da sentido a la existencia de la RAE, no al revés. El idioma llegó al mundo antes que la Real Academia Española.

No me opongo a la invención ni uso de nuevas palabras. Yo en mi juventud (y todavía) usaba muchísimo las palabras “chido” y “chale”, por ejemplo. Aún utilizo “wey” para referirme a mis camaradas o para señalar a un desconocido. La diferencia es que yo no iba por la vida exigiendo a los que no gustaban de utilizar dichos términos que lo hicieran porque a mí me parecían apropiados para expresar mis ideas. Entre mis amigos o personas de mi rango de edad usábamos esas expresiones con regularidad y las entendíamos, pero sin ponernos a llorar cuando alguien no las utilizaba. Y esa sería mi recomendación para los autodenominados “no-binarios”. Quieren expresarse utilizando palabras como todes, nosotres, amigues, elle, le…, ¡adelante! Ciertamente están en todo su derecho. Si se entienden entre ustedes y son capaces de expresar sus ideas de una manera clara y congruente, no veo cuál es la objeción. Pero no traten de imponer ese léxico a quienes no queremos adoptarlo. Y sean pacientes. Es probable que eventualmente, si se populariza el uso de ese vocabulario entre las generaciones más recientes, la RAE acabe por incluirlos como parte del glosario de los hispanohablantes, como ya ha hecho con algunas palabras que en su momento no eran reconocidas.

18 de agosto de 2021

Alimentos ¿orgánicos?

 


 

Un día de la semana pasada caminaba por las calles del centro de la ciudad en donde vivo, cuando un letrero llamó mi atención. Anunciaba en grandes letras rojas sobre un contrastante fondo amarillo que ahí se vendía “HUEVO ORGÁNICO”. Algunas cuadras más adelante otro local publicitaba, aunque en esta ocasión con letras y colores más discretos, la venta al público de “café orgánico”.

Me confieso un profundo desconocedor de las tendencias actuales en lo referente a los hábitos alimenticios saludables, pero no soy tan ignorante en cuanto a ortografía, gramática y semántica se refiere, y es por eso que la presencia de la palabra “orgánico” en ambos negocios llamó mi atención.

Recordé brevemente mis clases de química en la secundaria, cuando mi profesora nos hablaba con pasión sobre átomos, electrones de valencia y enlaces químicos. Entre esas maravillosas ponencias, nos contaba acerca de dos tipos de sustancias: orgánicas e inorgánicas. Habiendo pasado más de veinte años desde aquellas lecciones, lo único que recordaba como diferencia entre ambos conceptos era que el primero se refiere a componentes procedentes de seres vivos, mientras que el segundo es lo opuesto. De ahí la separación que se hace al desechar residuos.

Temiendo equivocarme, y con el fin de refrescar mis conocimientos sobre el tema y ampliarlos un poco, decidí investigar al respecto, definiendo investigar como echarle una ojeada rápida a la Wikipedia. A manera de resumen, lo que dice el artículo en cuestión:

  • Un compuesto orgánico es aquel que contiene carbono.
  • Forma enlaces carbono-carbono y carbono-hidrógeno.
  • Algunos compuestos del carbono no son moléculas orgánicas.
  • La etimología de la palabra determina que procede de órganos, relacionado entonces con la vida.
  • Se pueden clasificar, según su origen, en naturales y artificiales.

Entre los naturales encontramos:

  • Carbohidratos (glucosa, lactosa, almidón)
  • Lípidos (triglicéridos, esteroides)
  • Proteínas (colágeno)
  • Ácidos nucleicos (ADN, ARN)

Por otra parte, el artículo referente al huevo nos dice que son ricos en proteínas y lípidos, y ya vimos que ambos son compuestos orgánicos. En lo que al café respecta, la conocida enciclopedia contiene información acerca de que el café contiene (obviamente) cafeína. ¿Qué es la cafeína? Un alcaloide. ¿Qué son los alcaloides? Compuestos sintetizados a partir… ¡un puñetero tipo de compuestos orgánicos!

¡TODOS LOS ALIMENTOS SON ORGÁNICOS! Por favor, a quienes se dedican a la venta o consumo de alimentos saludables cultivados sin el uso de pesticidas o fertilizantes artificiales, dejen de colgarle la etiqueta de “orgánico”, porque sinceramente solo dan pena ajena.

10 de agosto de 2021

Friends: El de la reunión.

 


La semana pasada me di oportunidad de ver el especial de Friends. Me fascinó. Como fanático asiduo de la serie, considero que no quedó a deber. Bueno, acaso una presentación en vivo de The Rembrandts interpretando I’ll Be There For You habría sido un buen detalle, pero no fue indispensable. La melancolía de los seis actores principales al estar reunidos en los foros diecisiete años después era palpable y se transmitía a través de la pantalla. Los invitados, tanto los que formaron parte de la comedia (Maggie Wheeler, Reese Witherspoon, Larry Hankin) como los que no (Lady Gaga, Kit Harington, Malala Yousafzai), contribuyeron en justa medida a definir el contexto y la trascendencia de la serie.

Especial impacto me causó ver a Matthew Perry. He leído que durante el rodaje de Friends sufrió de enfermedades causadas por el abuso del alcohol y de otras sustancias, y me parece que las secuelas de estos problemas son palpables en su apariencia. Siendo Chandler Bing mi personaje favorito, percibir que el actor que le dio vida ha perdido la chispa resulta, cuando menos, triste. Sin embargo, ver el abrazo entre él y Matt LeBlanc, como si se tratara de Chandler y Joey, ayuda a contrarrestar un poco esa amarga sensación.

Para mí Friends fue más que una serie. Se trató de una subcultura, de un ritual que semana con semana los televidentes llevábamos a cabo durante media hora. Soy parte de esa generación que ha visto las diez temporadas más de cinco veces, que conoce los diálogos, que utiliza la serie como referencia en la vida cotidiana, con frases del tipo “como cuando en Friends Ross dice que…”. Lloré de alegría y emoción cuando Chandler y Monica se comprometen en matrimonio, sufrí cuando no sabía si Rachel se había bajado del avión, reí a carcajadas cuando el papá de Rachel y Mona se juntan en el departamento de Ross, me emocioné con el nacimiento de los trillizos de Frank Jr., sé lo que es el Unagi, conozco la letra de Smelly Cat, y sé cómo insultar a alguien con las manos sin mostrarle el dedo medio, y es por eso que esperaba con ansia ver este capítulo especial, la reunión, después de diecisiete años de la emisión del capítulo final. Valió la pena.

En algún punto del programa James Corden pregunta a Lisa Kudrow si no ha pensado en hacer una película como continuación de la trama, y ella responde que no, porque los productores acabaron cada historia de una manera muy elegante, y tendrían que explicar muchos detalles para hacer una continuación. Desde mi punto de vista, tiene razón. Las vidas de todos los personajes acabaron en el punto exacto, dejándonos a los televidentes el ejercicio de imaginar qué ha pasado con ellos hasta el día de hoy.

Así como le sucedió a Rachel con Ross cuando lo vio llegar a Nueva York con Jullie, este episodio me dio el closure que necesitaba. Es el final perfecto y me ayudó a aceptar que Friends ya terminó y no estará nunca más de regreso. Es tiempo de avanzar y expandir la vista hacia otras comedias. De cualquier modo, pase lo que pase, sé que Friends siempre ocupará el número uno en mis series favoritas, y es inamovible.